La historia de Jean-Baptiste Grenouille, interpretado por Ben Whishaw, nos sitúa en la Francia del siglo XVIII. Grenouille nace en uno de los lugares más miserables y pestilentes del París de la época, pero posee un don extraordinario: un sentido del olfato prácticamente sobrenatural. Su incapacidad para relacionarse emocionalmente con los demás contrasta con su extraordinaria capacidad para percibir y memorizar los olores. De esa contradicción nace su obsesión por capturar y conservar determinados aromas, hasta convertir su búsqueda de la fragancia perfecta en una auténtica pesadilla.
Uno de los grandes aciertos de Tykwer es precisamente la construcción de ese mundo sensorial. París aparece lejos de cualquier idealización romántica: es sucio, húmedo, abarrotado y decadente. Los mercados, las calles y las fábricas de perfumes están filmados con una intensidad casi táctil. La película consigue así que el espectador tenga constantemente la sensación de encontrarse dentro del mundo de Grenouille.
Ben Whishaw realiza un trabajo especialmente notable porque consigue interpretar a Grenouille sin convertirlo en un villano convencional. Su personaje resulta inquietante, repulsivo y fascinante al mismo tiempo. Apenas necesita palabras o grandes gestos: buena parte de su interpretación se construye a través de la mirada, la expresión corporal y una especie de presencia casi animal. Es un personaje que observa el mundo desde fuera y que parece estar buscando constantemente algo que ni siquiera él mismo comprende del todo.
El perfume resulta una película singular dentro del cine europeo de gran producción. No es una adaptación sencilla ni pretende serlo. Tykwer no intenta reproducir literalmente la novela, sino encontrar un equivalente cinematográfico para una experiencia esencialmente olfativa. Y en esa búsqueda adquieren una importancia decisiva la fotografía, el montaje, el diseño de producción y, especialmente, la música.
Una de las mayores dificultades de llevar El perfume al cine era representar algo que pertenece a un sentido que el cine no puede reproducir: el olfato. Tom Tykwer encuentra en la música uno de sus principales aliados para solucionar este problema. La banda sonora, compuesta por el propio Tykwer junto a Johnny Klimek y Reinhold Heil, no pretende simplemente ilustrar las imágenes, sino crear una dimensión sensorial paralela que permita al espectador aproximarse al universo interior de Jean-Baptiste Grenouille.
Desde los primeros compases se percibe que estamos ante una partitura de gran personalidad. Su lenguaje combina orquesta sinfónica, coro y elementos de carácter electrónico, creando una sonoridad que oscila constantemente entre lo humano y lo inquietante. Esta mezcla resulta particularmente interesante porque evita que El perfume suene como una película histórica convencional. Aunque la acción transcurre en el siglo XVIII, la música no pretende recrear fielmente una estética musical de aquella época. La partitura mira hacia el pasado desde una sensibilidad contemporánea.
La música puede ser majestuosa y hermosa, pero también fría, obsesiva y perturbadora. Esa dualidad refleja perfectamente al protagonista: alguien capaz de descubrir una belleza extraordinaria en el mundo de los aromas, pero completamente desprovisto de empatía.
Quizá una de las características más interesante de la banda sonora sea precisamente su ambivalencia estética. Hay momentos de enorme belleza musical asociados a situaciones profundamente perturbadoras, algo esencial para comprender la película.
En definitiva en El perfume, la música se convierte así en un sentido adicional. Un sentido invisible que acompaña a las imágenes y que nos permite entrar, aunque sea durante unos minutos, en la extraordinaria y perturbadora mente de Jean-Baptiste Grenouille.
El tema "Laura’s Murder" es uno de los momentos más inquietantes de la banda sonora de El perfume. Tom Tykwer, Johnny Klimek y Reinhold Heil construyen aquí una pieza en la que la música acompaña el asesinato de Laura, pero lo hace de una manera muy alejada del tratamiento musical convencional de una escena de suspense. El resultado es una de las paradojas más poderosas de la música de El perfume: una escena de muerte puede estar acompañada por una música extraordinariamente bella. Tykwer y sus compositores utilizan precisamente esa contradicción para situarnos dentro de la mente del asesino. Nosotros contemplamos el horror; Grenouille contempla la posibilidad de alcanzar su obra maestra.
Un tema que funciona como una magnífica síntesis de la película. Belleza y monstruosidad coexistiendo en un mismo instante.


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